CINEMA CINEMAAA!!

VUDÚ CINEMA
LA MEJOR MÚSICA

(Imagine una nota de violín, al más puro estilo del terror hollywoodense). Se dice que el cácaro del cine más viejo de la ciudad era brujo. En las ruinas del edificio, los bomberos encontraron restos de muñequitos picados con alfileres; (la nota de violín comienza a ascender) en las cabecitas de trapo, (asciende más) pegadas con gotas de parafina, tenían caras de estrellas y directores de cine (asciende a lo más agudo).

(El rechinido de un archivero interrumpe la nota del violín para adentrarnos en el hueco ambiente de una oficina de gobierno). En las actas del ministerio público queda asentada la existencia de altares, mas nunca se dice cuántos eran ni a qué aludían, exactamente. Tampoco se pone en tela de duda que algunos muñecos hayan sobrevivido al incendio. Se trata de un par de páginas carecientes de detalles, como para evitar que se cumplan los malos presagios.

(Vuelve la nota de violín acompañada por algunas notas de piano). Aparentemente, uno de sus altares tenía tres muñecos: uno en forma de Oscar, el famosísimo premio de la academia de cine de Hollywood; otro, era un muñequito de trapo negro, aparentando estar vestido de frac, en cuya mano derecha sostenía una varita de madera –tal cual, un director de orquesta; el tercero era un muñequito con lentes y barba dibujados en la cabeza, una gorrita roja malhecha con algunos retazos, una camarita simpaticona en la mano izquierda y un fajo de billetes en la derecha –se sospecha una réplica simplona de Steven Spielberg-.

(Continúa la música. Nunca deja de haber música). Hace dos noches, me senté en la oscuridad de mi ático, frente a mi altar contra Scarlett Johansson, conjuré y conjuré la presencia del cácaro vudú. Canté ommmmmmmmmmmmmmm por más de media madrugada, formando en mi cabeza la imagen de un canoso bigotón, serio y gruñón, con quien había de encontrarme en algún estado mayor de la conciencia.

Pero no tomé en cuenta la inmadurez de mis prácticas. (El violín vuelve a ascender y el piano se acelera). De un sobresalto me levanté al sentir una mano grande y arrugada tomarme fuertemente del hombro. “¡¡La música de las películas es siempre igual”!!, me gritó. ¿Cácaro?

Vestido con su saco de pana, camisa azul y pantalón de gabardina, comenzó a reírse (el piano abandona al violín, el cual desacelera), a carcajearse mientras se acercaba al rincón donde mi asustada faz contravenía mis aspiraciones hechiceriles.

“Cuando conjures, pon tu mente en blanco. Y no comiences a cantar om, que no va con el vudú”.

Asentí. Me tranquilicé. Me acomodé en flor de loto y me dediqué a escuchar.

El cácaro cerró los ojos. Levantó una mano. Bajó la cabeza y murmuró: “Callen esa música” (---------). Movió un dedo y alrededor suyo los cirios de mis altares comenzaron a moverse. “En más de cien años de cine, tras el incendio y mi muerte, los productores más conocidos de películas en el mundo no pueden ser ni tantito originales”.

De sus ojos, salieron proyectadas las caras de los detectives privados, los asesinos seriales, las víctimas de estos y de aquellos otras amenazados seres que, en medio de la nada, corren, gritan y tropiezan para salvarse de ser brutalmente asesinados. Pero sin música.

“Cien años de cine y lo único que nos ha horrorizado es la nota de un violín que asciende a lo más agudo hasta que se produce el golpe”, dijo el cácaro.

De su saco hizo un muñeco. Era una nota musical con cabeza. De su bolsillo sacó película vieja y un clavo. Rodeó al muñeco con la cinta, y con sus propias manos, tomó el clavo para enterrarlo en el trapo, con tanta fuerza que se agotó hasta desvanecerse.

 


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